martes, 12 de mayo de 2009
Bichos
En la mesa me esperan tres, cuatro horas de asado y conversación forzada con unos amigos que no son tan amigos como para decirles “che, callénse un poquito, ¿sí?” Por eso he decidido apartarme un rato y estoy sentada bajo un árbol de Tilo con Luis, el hijo de ocho años de los anfitriones. La madre de Luis, desde la mesa, admira en voz alta mi “facilidad para entenderme con los niños”. En mi barrio eso sería un insulto, o un delito. Pero yo le digo que sí, claro, me encantan, son tan espontáneos, tan geniales... y tan otras cosas que solemos atribuirles a esas pobres criaturas. Son cosas que se dicen para los padres, claro, los niños ni registran; los niños son dueños de un universo tan particular e impenetrable que lo que hacemos el resto más o menos les fastidia. Y cuando hacen show es única y exclusivamente porque sus padres los obligan, los empujan al ridículo. Antes de sentarse acá, Luis había hecho a pedido de su madre un show para los invitados: “Imitá a Pimpinela, Luisito, andá”, le había dicho. Y el muchachito obedeció: hizo voces, gestos, bailecitos. Los grandes le decían: oh, uh, ¡bravo Luis! Y le aplaudían como a un monito de feria. Fue ahí cuando decidí apartarme de la mesa, ir a esconderme bajo un árbol donde yacían juguetes. Cuando Luis volvió agarró una palita y se sentó no muy lejos. Cavaba y sacaba bichos de la tierra. Después los metía en una caja que había sido de chocolates. “¿Qué haces?”, le pregunté. Luis me ignoraba, por supuesto. “¿Coleccionas bichos?”, insistí. Él asintió. “¿En esa cajita?”. Se río, como quien dice: qué idea tan pelotuda, anciana. “¿Entonces dónde?”. Luis señaló una montañita de hojas secas al final del jardín. “¿Quieres ver?”, me dijo con ojitos llenos de ilusión. “Claro”, contesté. Caminamos, Luis llevaba su cajita cerrada con bichos nuevos. Cuando llegamos apartó con las zapatillas Topper el montoncito de hojas y apareció la tapa de madera de una caja que había sido de vinos. Luis me miró: “¿Lista?” Yo dije “lista”, en un tono solemne. Entonces él alzó la tapa con el pie y apareció una sopa de bichos vivos y muertos: cucarachas, arañas, moscas, moscardones, gusanos, más gusanos. Me eché hacia atrás, aterrada, mientras él hacía aterrizar sus nuevos bichos entre los otros y soltaba una risa diabólica; una cucaracha con pelos se le subía por el jean. Luis sacudió su patita, puso rápidamente la tapa de madera y acomodó las hojas. “¿Todo bien, chicos?”, gritó su dulce madre desde la mesa. Luis me miró serio, amenazante: “¿Todo bien?”, repitió. Y yo, sin el menor titubeo, asentí.