domingo, 24 de mayo de 2009

El universo Schweblin

Hace mucho tiempo, cuando me encontraba en una situación medio bizarra, a simple vista inexplicable pero al mismo tiempo maravillosa, donde era obvio que algo raro estaba ocurriendo más allá de mi entendimiento, solía preguntarme: “¿qué es esto, La dimensión desconocida?” No recuerdo cuándo dejé de comparar ese tipo de situaciones con la serie de tele, supongo que cuando pasó el tiempo suficiente como para olvidarme de esa serie, que durante casi toda mi infancia fue mi preferida. Después estuvo Twin Peaks y el universo Lynch, y mucho después llegó Lost y, en fin... Ése es todo un rubro aparte del que me alejo y regreso crónicamente, como una junkie del irritante efecto desconcierto. Pero hoy quiero hablar de algo más cercano, algo que me hizo volver a encontrar un contexto que reviviera eso de sentirse parte de una situación excitante y misteriosa, donde también ocurren cosas extraordinarias, pero que están narradas con tanta naturalidad que nadie las llamaría fantasiosas. Hablo del universo Schweblin. Lo descubrí hace unos cuatro años la primera vez que tuve en mis manos un libro de cuentos de Samanta Schweblin. Ahora me leí su segundo libro “Pájaros en la boca”, recién publicado por Planeta, y volví a sentir eso mismo, pero mejor. Esta vez ya sabía en lo que me metía y la sorpresa fue reemplazada por la emoción del reconocimiento. Esta vez los cuentos estaban más maduros, mejor resueltos (aunque en el universo Schweblin la palabra “resuelto” es casi un oxímoron). Esta vez agarré los “Pájaros en la boca” y los desplumé de un sopetón. Cada cuento te produce eso que producen los mejores libros de cuentos, la necesidad de seguir hurgando en los siguientes para ver si descubres algo más que te ayude a descifrar todo: todo el libro, la cabeza de Samanta. Pero uno sabe que no, que es imposible, que estas historias están construidas y atadas para no ser descifradas. Y que al final siempre te quedará la sensación de estar parado frente a una totalidad de códigos perfectamente combinados, de la que sólo se te permite conocer una parte: ese cuento. Es la misma sensación que le queda a los personajes. Porque no es que los personajes de este libro se crucen de brazos y te miren con suficiencia: “Ja, yo sí que lo sé todo”. No, incluso los personajes más extraños actúan motivados por la racionalidad propia de una persona normal, que se angustia ante lo inexplicable, que se aterra y que se excita. Y es el narrador, que no existe pero existe, el que se alza de hombros y te dice, de la manera más lúcida posible: “Es así”. Así es, inabarcable y maravilloso, el universo Schweblin.