miércoles, 6 de mayo de 2009
Antiargentino
Se llama D, tiene ojos claros, es americano, cincuentón. Vive en muchas partes, pero me lo encuentro en Río. Los azares lo traen a una cena en casa de mi amigo R, en Copacabana, a quien visito por estos días. Lo primero que me dice D, cuando le digo dónde vivo, es que odia Argentina. Al principio me lo dice tímido, como quien no quiere ofender. “I just hate that fucking people”, subrayará más tarde, vino mediante. D vivió en Buenos Aires durante la dictadura. ¿Por qué?, le pregunto, él me dice que por trabajo y no elabora. ¿Qué trabajo? D contesta que no importa, pero que vivió en varios países de Latinoamérica durante varias dictaduras y ninguno le pareció peor que Argentina. “Racistas, fascistas, colaboracionistas...”, enumera impresiones. Yo le digo lo obvio: que si vuelve ahora va a encontrarse otro panorama. No se lo digo tan tajantemente porque lo noto enardecido y no quiero crearle falsas expectativas. Además, me siento pidiendo disculpas por algo de lo que no soy responsable: “Las paredes tienen grietas, perdón, es la humedad” Hay un falso fervor patrio en mi comentario que me parece patético; por alguna razón me incomoda que alguien se sienta tan resentido hacia el mismo lugar por el que yo me siento sólo agradecida. D tuvo que huir de Argentina, tampoco especifica las razones, y se vino al Brasil. “Adoré Brasil”, dice. Se ve que es cierto porque desde entonces no ha hecho sino volver a Brasil, nunca a Argentina. Cuando el vino muta en cachaza se suelta más y me cuenta que tenía amigos que murieron, pero que eso no fue lo peor, sino tener que codearse a diario con gente del común que hablaba con desprecio infinito de sus amigos. Eso no lo entendía. Entendía que hubiese dictadura: no eran tan originales en esa época. No entendía que la “gente del común” se mostrara satisfecha y proclive a justificar la atrocidad. “En todos lados hay de esos, sí –me dice, anticipándose a lo que muchos le habrán dicho y espera que le diga yo– pero nunca vi que lo disfrutaran tanto como allá”. Asiento. No sé por qué asiento, no es algo que sepa con certeza. Supongo que asentir es una manera de decirle a sus ojos azules, brillantes de rencor, tristeza encallada, que lo siento. Antes de irse D me dice –se disculpa– que quizá vuelva alguna vez, que es verdad que pasó mucho tiempo, que podría darse una segunda oportunidad... “Claro”, le digo, pero no le creo, lo que le pasó no parece ser algo que pueda borrarse fácil, una frase en la pizarra. D asiente, se sirve el último trago, se lo toma, mira el vaso vacío y vuelve a asentir, como quien todavía necesita convencerse.