martes, 28 de abril de 2009
La casita de música
En Monserrat, frente al departamento de mi amiga Z, hay una casa vieja donde dan clases de piano. Cada vez que paso por ahí me paro a escuchar y me da la sensación de que la casa, que es fea y chiquitísima, se convierte en una hermosa cajita de música, de esas de terciopelo, que esconden bailarinas giratorias. Me gusta pasar por ahí: cuando me paro en la vereda de la casa se siente como cuando en medio de una maratón te dan un trago de Gatorade. Nunca estuve en una maratón, pero he visto muchas propagandas. El profesor de piano es de Polonia, según me informaron mis fuentes: los niños y niñas que toman clases a la tarde. Cuando les pregunté qué tal era el profesor me dijeron: “polaco”. Mi amiga Z está de viaje y me encargó regarle las plantas del balcón, así que últimamente paso por la casita musical más que de costumbre. Hace unos días me paré en la vereda a escuchar “Para Elisa”: sonaba de corrido y de pronto se paró. Pensé que debían estar estirando los dedos, tomando impulso o té o lo que sea que tomen los pianistas en el intervalo entre un tema y otro. Pero no, estaban saliendo y yo vine a saberlo cuando abrieron la puerta y me los encontré de frente. “Hola –dije–, linda música” El profesor polaco, que era inesperadamente redondo y petiso, se quedó mudo por un instante en el que escudriñó mi lánguida existencia. Después asintió: “Gracias”. Detrás de él se veía una pared descascarada y un montoncito de basura arrumado en una esquina. Retrocedí un poco y simulé hablar por el celular, es un impulso que aparece en los momentos de vergüenza suma. El profesor despidió al que debía ser su último alumno del día y entró en la casa; yo esperé un rato para ver si se sentaba a tocar. Pero de la casita de música no salió ni medio acorde. Pensé que si allí escondían bailarinas debían ser rengas. O cadáveres. Cuando por fin salió un sonido de la casa fueron los campanazos de un reloj anunciando que eran las siete y que la noche y el frío me pisaban los talones y que la carroza, como siempre, no era más que una calabaza triste.