lunes 13 de abril de 2009

La señora Rita

Cerca de casa vive una mujer que sale a la vereda en camisón. Teo y yo la hemos visto regando las plantas o bañando la vereda o simplemente parada mirando a un lado y al otro, hasta que pega la vuelta y se entra. Me dice Ángel, el señor de la garita, que es la viuda de alguien que tuvo guita pero la malgastó y no le dijo nada a la señora hasta el día de su muerte, cuando ya era tarde para que ella remediara el asunto. No sé a qué se refiere Ángel con eso de “remediar el asunto”, por el gesto de su cara parece insinuar que, años atrás, la señora tenía atributos que le habrían servido para ganarse la vida en Corrientes. En caso tal, se entiende porque el marido botarata se llevó a la tumba el secreto de su ruina. Después, bueno, vino la historia de siempre: la viuda se vio sola, vieja y pobre, y decidió pasarse la vida en camisón. El camisón que usa es blanco, de esos que traslucen la silueta. La señora, sobra decirlo, ya no tiene los atributos insinuados por Ángel; su silueta es mas bien rolliza y pálida y sus piernas tienen tantas venitas azules como el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Cuando el clima refresca, la mujer se pone medias de lana que le llegan hasta la mitad de la pantorrilla y hace salidas más fugaces. “Adiós, señora”, la saludan los vecinos al pasar. Ella alza el mentón y dice “Adiós”, pero por la expresión de su cara parece que dijera más bien: “Ay, qué dolor”. Ángel, fuente infinita de historias de los vecinos, también me cuenta que la mujer se llama Rita y que perdió un par de hijos: uno durante la dictadura, otro en un accidente. Le quedó una hija que vive lejos, no se sabe bien dónde, en un lugar donde hace mucho frío; por eso la señora Rita nunca va a visitarla. No parece que vaya a ninguna parte de todas formas. Según Ángel, hay una chica que le hace las compras, hay una enfermera que la cuida y cuando sale es directamente en la ambulancia porque “tiene una enfermedad”, me explica, ahora ensombrecido. “¿Qué enfermedad?”, le pregunto, y él me dice que no sabe bien, que tiene un nombre científico, pero que es esa en que la gente se pone tan pero tan triste que no le dan ganas ni de bañarse, ni de comer, ni de vestirse. Eso le dijo la enfermera. “¿Y qué más te dijo?” le pregunto. Él alza los hombros: “Que la tristeza la va a matar”. Hace ya varios días que Ángel me contó esto, y hace varios días que la señora Rita no sale a la vereda. No digo que se haya muerto, claro que no, sólo digo que quizá no tiene más ganas de salir. Y digo también que, a veces, la muerte no es lo peor que le pasa a las personas.