martes, 21 de abril de 2009
El bajo mundo
Mi amigo León es chileno, vive acá hace casi dos años. Nos vemos de vez en cuando y al despedirnos siempre nos decimos “tendríamos que vernos más”. Pero cada vez nos vemos menos. No vivimos tan lejos, pero parece. León dice que Buenos Aires es un laberinto, que cuesta llegar a cualquier lugar. Al principio no llegaba, se perdía y me llamaba desde un locutorio: “Margui, ayúdeme a salir de acá”. Había que ir a rescatarlo, no entendía nada. Ahora tampoco entiende, pero encontró una vía segura para llegar a lugares remotos por fuera de su área de residencia. El subte. Desciende desde muy temprano, asciende cuando ya está oscuro. A mí me pasó algo así al principio, cuando llegué a Buenos Aires. El subte me pareció el único medio de transporte manejable y me convertí en un topo: andaba pálida por el bajo mundo, disfrutando del folclor under de la línea D. Hasta que me di cuenta de que el subte era una zona de confort que a largo plazo te jugaba en contra. En el subte la ciudad deja de tener calles y avenidas por tener estaciones. En el subte el sonido es tan constante y homogéneo como el silencio. En el subte el mundo es: 1) un túnel que huele, 2) gente apretujada, 3) lámparas blancas y/o penumbra. Se lo dije a León, que no podía seguir así, que se estaba enterrando en vida, que pronto mutaría en una Tortuga Ninja. “Estás verde”, lo estremecí por los hombros. Él no reaccionó. Esa vez estábamos en un bar y, aunque era de noche, por la ventana entraba un rayo de luna confundible con el sol. León giró su silla, dándole la espalda a la luz. Sobre su cabeza oscura se dibujó una aureola. “No quiero salir –me dijo–, afuera me pierdo”. Le conté que una de las cosas más lindas que tenía Buenos Aires era el cielo. “Es azul como el mar Caribe”. León me dijo que cuando se movía por afuera siempre estaba tan perdido que nunca tuvo tiempo de mirar el cielo. Hablaba en pasado, como si hubiese renunciado del todo a la superficie. Esa noche intenté convencerlo de que valía la pena salir, de que la luz le daba otro aspecto a las cosas –“un aspecto tenebroso”, acotó él–, de que afuera el aire era más sano –“sólo si un médico te ha recetado smog”, insistió–, y que los días no consistían sólo en trasladarse de un punto a otro, había más cosas en el medio –“monstruos”–. Fue imposible. Al final caminamos por Cabildo a ritmo de marcha atlética; él miraba temeroso a las personas que nos cruzábamos en la vereda y se movía errático, en zig zag. Después apretaba los labios y volvía a fijar los ojos al frente, a lo lejos, en el cartel de Olleros. Sólo entonces recuperaba la calma.