martes 28 de abril de 2009
Sentimientos
La puerta de vidrio decía en letras azules: “insumos para computadoras”. La mujer la empujó con fuerza y el móvil chino que colgaba del techo se agitó, entonando un chillido metálico que me destempló los dientes. La mujer tenía los ojos irritados y un vasito roto que le hacía un charco de sangre en la córnea derecha. La mandíbula le temblaba, pero no porque fuera a llorar, sino por la inercia de haber llorado mucho. Eso era evidente. Había llorado sin parar por lo menos durante la última hora. Se paró frente al mostrador: “Necesito un técnico”. El chico que atendía le dijo “Sacá un número”. Lo más notable de esta mujer llorosa, después de su ojo sanguinolento, era la manera en que se aferraba a lo que llevaba en los brazos: una laptop envuelta en un chal rosa; la estrechaba contra ella y le decía: sh, sh, sh... Al mismo tiempo, la computadora hacía un ruidito parecido al de un celular que se le está acabando la batería, o al de un asmático que le cuesta respirar. Yo había llevado unos cartuchos de tinta para rellenar, y ahora me sentía como si estuviese en una guardia por un dolorcito en el dedo meñique, mientras que la mujer de atrás trataba de calmarle la tos a su bebé tísico. Así que le dije al chico que la atendiera primero: “Si no te importa, le cedo mi turno”, fueron mis palabras. No quería que pensara que estaba promoviendo el desorden en su negocio. El chico alzo los hombros: “Me cago en la diferencia”. Una ternura. La mujer se abalanzó sobre el mostrador sin escupirme un gracias. “¡Un técnico!”, gritó. El chico le sacó la máquina de sopetón, la desenvolvió y la abrió. En la pantalla apareció un tablero con códigos raros, cómo los de Matrix. “A esta pobre se le ven las tripas”, dijo y empezó a escribir la boleta. La mujer reprimía el llanto, daba golpecitos con los dedos en el mostrador: “¿va a estar bien?” El chico seguía en la boleta. Todo lo hacía con una parsimonia perfectamente confundible con la mala voluntad. “Pasá el jueves”, le dijo por fin y le dio la boleta. “¿¡El jueves!?”, aulló la mujer. “¡34!”, llamó el chico. Era mi turno. La mujer salió lentamente abrazando el chal vacío, esta vez sí que le costó abrir la puerta. El chico había puesto la laptop en un estante lleno de laptops y ahora me atendía a mí. “¿Tiene arreglo?”, le pregunté. El negó con la cabeza: “Se le metió un virus, la destrozó por dentro”. “¿Y por qué no le dijiste eso?”, le pregunté, sorprendida. Él me miró más que sorprendido, aterrado: “Por respeto” Negó con la cabeza y después de un resoplido siguió: “...no se puede creer, hoy día la gente ya no tiene sentimientos”.