martes 7 de abril de 2009
Un borracho vacío
Son las diez de la mañana, salgo a comprar el pan, y en la vereda frente a la panadería hay un tipo sentado, patas en la calle. Se tambalea hacia delante y hacia atrás. Los autos le pasan muy cerca. Está de traje, zapatos finos. Se agarra la cabeza con las manos: tiene los dedos separados y tensos, se los entierra en el pelo, se toca el cráneo. Los cráneos son calientes. Cuando la mañana está fresca, como hoy, enterrar los dedos en el cráneo debe ser una buena manera de calentarse las manos. Yo hago la fila para pagar. La chica de la caja también mira al hombre de la vereda de enfrente. No es raro ver a un borracho sentado en una vereda, claro que no; es raro, un poco raro, que vaya tan bien vestido y que parezca un actor de cine. Es el borracho más bonito que vi jamás. Pelo negro, copioso; blanquito y ojiazul a lo Clark Kent. Ahora habla. “¿Qué dice?”, dice la mujer detrás de mí en la fila. No se oye bien desde acá pero parece estar repitiendo lo mismo una y otra vez. La cajera imagina que canta: “Debe tener linda voz”, suspira. La mujer de la fila piensa que necesita ayuda: “Quizá lo asaltaron y entró en shock”. Yo pienso lo más obvio: que los borrachos suelen repetir cosas porque sí. “Cloroformo”, puede que diga, o “suma cum laude”, o “aguante Riquelme”. La cajera cuenta que lleva un rato allí, cuando ellos abrieron ya estaba. Su madre, la dueña del negocio, se acercó a preguntarle que si lo podían ayudar, si le llamaban un taxi. El hombre le dijo: “lindos pies”. Su vieja no insistió. Desde entonces algunas personas que caminaban por la vereda se le habían acercado a preguntarle cosas: que si se había caído, si necesitaba algo, si por ahí pasaba el 59. Cuando salgo, cruzo la calle para escuchar lo que dice el hombre, pero ha decidido callarse y se tapa la cara con las manos. Quizá llora. O duerme. Me paro a una distancia discreta y lo miro por un rato en el que no le descubro nada particular, salvo que tiene un tufo mortal a vino y más tiempo libre que yo. Enfrente, la cajera sigue mirándolo acodada en el mostrador; está empeñada en atraerlo con el imán de su retina. Me canso. Me resigno a no saber qué le pasó al hombre para terminar así borracho en una vereda. Pienso que quizá es mejor, que cualquier historia podría ser decepcionante porque casi siempre lo son. Antes de seguir mi camino lo veo tambalearse por última vez, lentamente, hacia delante. Queda suspendido uno, dos, tres segundos antes de volverse hacia atrás, como si nada le pesara, como si tuviera el cuerpo vacío. La historia completa nunca la sabré, pero el final es éste. Está claro.