martes 14 de abril de 2009
Cada cosa en su lugar
Estábamos en el departamento nuevo de L y D convocados para cenar. La comida era árabe, L tiene esos ancestros. Se le nota en las cejas, en su cara afilada, en esa manera de bambolear su cuerpito fino cuando camina, siempre enfundada en algo negro y elegante. Hubo tour y exclamaciones de admiración: el departamento es espléndido, hasta los alambres que salen del techo, aún sin lamparitas, aportan su glam. Cada objeto –el salero, el platito del café, la muñequita china que te mira desde un estante– fue elegido cuidadosamente en un coqueto mercado de pulgas. Antes de sentarnos a la mesa me paro frente a la heladera plateada, modernísima, de esas panzonas, y miro mi yo convexo. Cuando me dispongo a dar la vuelta, descubro al lado de mi reflejo, a la altura de mis rodillas, una cara verde y arrugada. Es un reptil. Hay un reptil en el departamento bello de mis amigos bellos. Aparece D. “Ah, conociste a Igu”, dice y se acerca al reptil, le acaricia la cabeza con el dedo: “Hola Igu”. Me cuenta que la trajo de una veterinaria amiga porque estaba enferma. Ahora ya está mejor, vive en una rama de ficus posada sobre el piso de mármol al lado de la heladera, y cada tanto se aperpleja mirando su reflejo –¿espejito, espejito...?– “¿Es feliz?”, es lo único que se me ocurre preguntarle a D, dado que la casa no parece el habitat de una iguana –a menos que Igu hubiese descendido de la nave de “V Invasión extraterresetre”–. D me dice que no podría decirlo con exactitud, Igu es más bien arisca, no es que uno pueda sentarse al lado y entablar una conversación. Después, embarcado en una euforia animal, me muestra su segunda mascota enferma: un pez con labio leporino que vive en el mesón de la cocina, en una pecera. El pez se asoma al vidrio, abre y cierra su boca enorme leporina para saludar. Parece que largara alaridos. “¿Hola?”, le contesto. D se lo trajo de otra veterinaria amiga porque con ese defecto no se vendería. Es cuando aparece L, viene por un kebbe crudo de su autoría que está en la heladera. Antes de abrirla ella también se mira y se acomoda los rulos con las manos, como enjugándoselos hacia arriba: “Una vez se trajo a un pájarito al que le faltaba una pata”, dice; pasa el peso pluma de su cuerpo de una pierna a la otra, abre la heladera y saca el kebbe: “... y otra vez un conejo con cáncer, murió en la bañera” Igu alza la cola, estira más el cuello, vuelve a mirarse en el espejo. L suspira: “Pobre conejito, che”, sus zapatos de plataforma se saltan al reptil y la trasladan graciosamente rumbo a la mesa. “Los humanos, a cenar”, ordena. Y los humanos, obedientes, la seguimos.