martes 7 de abril de 2009

El niño viejo

Estaba con mi amiga Z en un bar de almuerzos de la Avenida de Mayo, y al lado nuestro había un niño que comía solo, junto a su sombrero de copa. Iba ataviado con un chaleco a cuadros y un shortcito marrón. Zapatos cabezones de charol, también marrones. Brillaban tanto que cuando movía el pie parecía que le crecían cuchillos de acero que se estrellaban contra techo y paredes, y se doblaban. Todo le quedaba un poco grande. El niño cortaba los fideos en pedazos pequeños, los amontonaba a un lado del plato y después se los comía con una cuchara. Nosotras recién habíamos comido y tomábamos el café. El niño, que tenía aspecto y ademanes muy serios, nos miraba cada tanto, alzaba el mentón exageradamente y, tras enjugarse los labios con la servilleta puesta a modo de babero, decía: “Damas, ¿qué tal?”. Z negó con la cabeza: “Hay niños que desde niños son viejos”, murmuró. Tenía sacárselo de encima, la sentencia le había estado bailando en la cara como el punto rojo de un láser. Eso era este niño: un niño viejo. Y no como Benjamin Button: era un niño viejo perfectamente sano que comía fideos mutilados de pura manía. “Debe tener una madre desquiciada”, le dije a Z, porque alguien que viste a su nene como un abuelo y lo manda a los bares a comer solo no debe estar muy cuerdo. “Una madre perversa”, agregó Z, una chica tajante con muchas opiniones sobre muchas cosas. El niño viejo terminó de comer, apartó su plato y se sacó la servilleta del cuello. Se enjugó las comisuras y se recostó en la silla. Cruzó la pierna como la cruzan los señores: acostando el tobillo sobre la rodilla contraria. Temí que en cualquier momento sacara un tabaco y se lo fumara. Alzó la manita para llamar a la mesera, llevaba un reloj sobrio, nada de Bart Simpson ni esas cosas. La mesera se acercó, le preguntó al “señor” si quería algo más; el señor dijo con su voz de nene: “Un jerez”. La mesera, cuya segunda barbilla –o eso que vulgarmente llaman papada– recordaba el buche de un sapo, dijo que claro, enseguida. Levantó platos, vasos y cubiertos con su brazo grandote y diligente. Después miró al niño viejo con una falsa mueca de disgusto, y el niño viejo largó una risa, se palmeó las piernitas, volvió a reírse. Cuando se reía no era más un niño viejo, era sólo un nene mal vestido, pobre. La mesera, que se había sumado a la risa del niño, se agachó para darle un beso en la cabeza: “Sacate ese disfraz, corazón, y andá a hacer la tarea”. Y el niño viejo, aún entre risas, corrió veloz rumbo a la cocina. Z y yo, sin saber qué decirnos, terminamos el café en silencio.