Fui educada católica y aunque cuando crecí se me pasó un poco, me quedaron algunas secuelas. El sentimiento de culpa es la principal y cuando siento que la Divina Providencia me está favoreciendo mucho busco modos de equilibrarla inflingiéndome duras penitencias. El último castigo autoimpuesto fue obligarme a mirar en las mañanas un rato de noticias en C5N. La pareja noticiosa que más me aflige es Claudio Rígoli y Débora Plager. Sus caras color bronce, el gesto adusto que traen por default, el asquito con que pronuncian palabras como: “trapito”, “dengue”, “hebebonafide”. Si hubiese que comparar ese segmento con alguno de los misterios del Rosario, sin duda serían los Misterios Dolorosos. Pero no todo el mérito es de los presentadores, de hecho, hoy no hablaré de ellos sino de otro de los personajes del reparto que me genera agonía en este lapso de pasión culposa. El Dr. Cormillot y sus imágenes en Power Point. Narraré un episodio que hizo retorcer de pena a mi alma cristiana; lo contaré por pura solidaridad, porque en la tradición religiosa que suscribo hasta el sufrimiento debe compartirse:
Era una mañana luminosa y bella, por lo tanto debía padecer un poco. Prendí la tele y me encontré con la noticia de un preso que se lanzó al vacío en una cárcel. Pasaron un video en el que el hombre, encaramado en una viga del techo, decía que era inocente y que no lo dejaban ver a su hijita y que ya no quería vivir. Los guardias lo esperaban abajo con una lona para atraparlo “Tirate, que te agarramos”, le insistieron muchas veces. El preso se tiró y por alguna razón que no había podido determinarse, no cayó en la lona sino en el piso. El cráneo se le rompió en tres partes y murió. Entonces vino la reflexión: el Dr. Cormillot sacó sus láminas preciosas con dibujos de cráneos: la bóveda craneal o calota bla, bla, bla... Primero dio la lección anatónima y después, dedo en alto, nos iluminó con una linda enseñanza: padres no dejen salir a sus nenes en la bici sin el casquito, en Estados Unidos a nadie le venden una bici si no se lleva el casco. Silencio en el set. Ardor lacerante en mi corazón pío. “Muchas gracias, doctor, muy pertinente su reflexión”, dijeron sus compañeros. El doctor peló su sonrisa brillosa y no se habló más del preso, quedó claro que no era el único en el mundo que poseía un cráneo.
Yo me di la bendición y apagué la tele. Decidí que la penitencia de esa mañana valía por dos cachetazos, que Dios no podía pretender que pusiera todavía la otra mejilla. Afuera el día seguía igual de hermoso, pero ahora sí me lo merecía.