miércoles 6 de mayo de 2009

Huevo, huevo, huevo

Desde el asiento 3D del avión se escuchaba muy bien el diálogo de Julián y Lucas. Venían de participar en una competencia sudamericana de tenis, de la que fueron rápidamente eliminados. Estaban bajos de ánimo, pero tampoco era el fin del mundo, se decían. Ahora, de todas formas, el tema era otro; superado el capítulo del campeonato –por cuyos entrenamientos se perdieron tantas noches de joda, partidos de Boca y jornadas largas de cerveza–, ahora venía la venganza. Basta de tenis, era el turno del fútbol. Basta de canchas, era el turno del futón. Empezarían esa tarde y ya lo habían planeado. Guille, un tercer amigo que no estaba, había grabado el partido del día anterior: Boca–Banfield. Guille no había ido al partido para poder mirarlo junto con ellos; no había salido de su casa para evitar enterarse de cosas que la gente pudiese comentar por la calle, tipo: qué mal jugó el Pato, o bien, cómo se lució Silva, o así. Los tres amigos habían hecho sus apuestas, arriesgado marcadores, discutido formaciones. Ya en el avión Julián y Lucas sólo querían llegar, les parecía que cada minuto que pasaba los acercaba a la verdad que se negaban a conocer; no habían mirado Internet esa mañana y, en cambio, se habían quedado aplastados en un banco del aeropuerto con tapones en los oídos, para evitar tropezarse con algún desubicado que vociferara el marcador por pura maldad. Se encogieron de hombros hacia dentro, abrazaron la ignorancia. Cuando el avión aterrizó ya no tenían mucho más que decirse. Mientras esperaban el equipaje, estiraron las piernas, saltaron sincronizadamente y entonaron un cantito: boca, boca, boca; huevo, huevo, huevo. Recibieron las valijas y salieron con los dientes apretados. Yo también salí y vi a Teo, que me esperaba con una lechita Cindor en la mano. Adoro la lechita Cindor, pero no viene al caso. Julián y Lucas caminaban atléticos delante de mí, yo alcé la mano, saludé a mi hombre. Mi hombre alzo mi lechita Cindor y se acercó; esquivo a Julián y a Lucas que saludaban a un señor que hablaba por celular, debía ser el padre de alguno. Teo me abrazó, me dio mi lechita; sonreía, pero estaba ensombrecido. “¿Qué pasó, amor?”, le pregunté. Julián y Lucas seguían allí, tensos, esperando a que el papá colgara. “No pasó nada...”, dijo Teo, disimulando su evidente irritación. Entonces lo supe, pero cuando quise decirle ya era muy tarde: “...bueno, sí –me dijo–: pasó que perdió Boca” Y suspiró. Julián y Lucas se miraron entre ellos con una expresión que combinaba terror, tristeza, decepción, vocación suicida... Y mi hombre, despiadado, remató: “Tres a dos, en un partido de mierda...”