miércoles, 10 de junio de 2009
Caras tristes
Siempre que estoy en una plaza me acuerdo de un pintor que conocí hace mucho. Era un retratista, se decía, pero sólo dibujaba caras. Alguna vez le pregunté por qué no dibujaba cuellos, hombros, o incluso torsos, como casi todos los retratistas. Me dijo que ninguna de esas cosas les eran útiles a la cara. Le pregunté por qué no dibujaba manos. “¿Manos para qué?”, me dijo él. Le dije: manos para apoyar la barbilla, manos para sacarse un mechón de pelo de la frente, manos para sostener un tabaco prendido. El retratista sólo contestó: “las caras son importantes”. Desde entonces empecé a mirar caras por curiosidad; cada tanto me fascino con alguna cara anónima, me engolosino y trato de disimularlo, pero mucho no lo consigo. Por eso, me gusta encontrarme con caras dormidas. Caras como la de ese chico de traje que está acostado en un banco, acá, en Plaza Lavalle, y usa de almohada un libro que parece un código. Al retratista también le gustaban ciertas caras dormidas y le gustaba buscarlas en las plazas. Decía que era difícil encontrar el nivel ideal de sueño en una cara dormida. Que si estaban medio dormidas podían sentir la mirada ajena, como un insecto que camina sobre su frente, sus párpados, sus pómulos, su nariz, sus labios. Pero cuando estaban muy dormidas era como si fueran caras vacías; les quedaba una sola expresión: la última que hicieron. Y dependiendo de cuánto se hubiese dormido, esa expresión se iba suavizando y tomando el aspecto de nada. Se anulaba. “Una cara dormida -concluía el retratista- es una cara anulada”. Diría que la cara del joven leguleyo está bastante cerca de anularse, pero en sus labios se percibe todavía una expresión triste. Vaya a saber por qué está triste. Recuerdo que el retratista sentía cierta predilección por las caras tristes. “Es muy fácil dibujar una cara feliz -me decía-, pero captar la tristeza es un reto”. Y decía que había retratos tristes tan bien hechos, que él podía adivinar el motivo específico de la tristeza del retratado. Me pregunto a qué se deberá la tristeza del joven leguleyo. Primero, supongo que perdió un caso, su primer caso; o que anoche tuvo que elegir entre su novia y su profesión y hoy se arrepiente de su decisión; o que está harto del trabajo y de su novia y del mundo entero, y todo lo que quiere es dormir, olvidarse. Pero ninguna de esas hipótesis podría dar como resultado esa mueca en su boca… No tengo ni idea por qué está triste. Seguro que si el retratista estuviera acá, lo adivinaría. Seguro que, para hacerlo, antes tendría que dibujarlo.