martes, 16 de junio de 2009

Postal de madrugada

Madrugada de viernes. Fiesta en la casa de alguien que no conozco. ¿Cómo es que llegué acá? Venimos de otra fiesta. El grupo, otra vez, se creció: inicialmente éramos C, Z y yo. C se perdió dos fiestas atrás, pero se sumaron otros que venían “casualmente” para el mismo lado. En una ciudad como Buenos Aires, con millones de personitas pululando por las calles, lo de las casualidades es más que inverosímil: cínico. No ocurren, estadísticamente es casi imposible. Si alguien menciona la palabra casualidad en una noche porteña, lo que en verdad quiere decir es: “por favor, llevame con vos”. Entonces, sí, las casualidades abundan. A veces te encaran con esos ojos hondos, suplicantes. A veces se ponen rimel y las pestañas tiesas te apuntan, como agujas a la espera de una señal para salir disparadas directo a tu frente. “¿Qué mirás?”, le había dicho Z a uno de los advenedizos de la fiesta anterior, el mismo con quien habla ahora en un sofá, y que se relame cada vez que ella echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Una vez vi a una chica hacer eso en una fiesta y alguien la bañó con agua mineral: ella lanzó una carcajada y sacudió la cabeza, y las gotas de agua mineral volaron como una lluvia de diamantes. O quizá lo vi en la tele. Un gordito se le acerca a una chica y le pregunta qué está tomando. La chica lo mira y al cabo de un intenso escrutinio le dice “¿qué te importa?”. Pero se ve que habría querido hacerle una pregunta más elaborada, como: ¿Tenés alguna idea de por qué, si sos hombre, tenés tetas? Me voy al balcón. Miro a todos los que están en la fiesta, ya no quedan muchos, pero es gente con la que no tendría nada de qué hablar en una sala de espera sin televisión ni revistas ni recepcionista ni cuadros de enfermeras en la pared –shhh, guarde silencio. Me apoyo de codos en la baranda del balcón. Lejos, más allá del puente, más allá del río, se ven las luces de La Boca. Desde ciertos ángulos Buenos Aires da Manhattan. Ángulos pretenciosos. Me doy vuelta hacia el living y veo a una chica de pelo rojo que se acerca, de frente y decidida, hacia mí. O quizá hacia el vacío. Imagino que da un salto y se zambulle de brazos abiertos en la ciudad. “¿Vos sos…?”, me dice, apuntándome con su dedo raquítico al entrecejo. “De carne y hueso”, le contesto. “Ah”, dice ella, decepcionada, se da vuelta lentamente, como arrastrando una sombra pesada. Nunca la había visto, nunca la volveré a ver. No son muchas las certezas que una ciudad como ésta te ofrece, ver personas por única vez es una. Me vuelvo a la otra vista: la del río, el puente, La Boca. Está amaneciendo, y es bellísimo.