miércoles, 3 de junio de 2009

En guardia

Es un lugar común y siniestro, la guardia de una clínica. Jamás vendría si la mandíbula no me doliera mucho, si no estuviera a punta de purés y jugos por no poder masticar. En la guardia de una clínica la desesperación flota en el aire compuesto de alientos enfermos, nada en el café soso de la máquina, se hace música fúnebre en las voces de las recepcionistas, que ahora usan barbijos antiporcinos y se hace mucho más evidente la frialdad de sus miradas. “Tome asiento”, dice la boca detrás del barbijo, mientras sus ojos hielo, rodeados de pestañas tiesas por el rimmel, cuentan los puntos invisibles de los que se compone el éter. Pero lo peor de hoy en la guardia no es el ambiente de inmundicia que produce el dolor y la espera, o la indiferencia de quienes conviven en ese ambiente todos los días, ni siquiera el olor a herida suturada, a gasa sucia, a vómito recién mezclado con lavandina, sino un frasco de vidrio que tiene dentro un cacho de carne que, juraría, es humana –no tengo ninguna erudición en distinguir carne humana de carne no humana, aclaro, pero pude percibir vida en ese cacho: un pasado, un presente, la esperanza de futuro, incluso–. Lo lleva una mujer gorda, cuyo culo ocupa dos asientos. Ella lo mira como yo: como si estuviera vivo. Pero también lo mira como si fuera parte suya, carne de su carne. Ya van dos veces que la mujer va a preguntarle a una de las chicas de hocico blanco cuánto falta para que la llamen. “Falta un rato, señora”, le contesta siempre, sin siquiera revisar la lista. “¿Alcanzaré a ir al laboratorio?”, pregunta la mujer mirando el cacho de carne que tiene unas partes blancuzcas y otras rosa. Hocico blanco alza los hombros. La mujer y su frasco vuelven al asiento y me miran como quien dice ¿qué se te perdió? “Es para un cultivo”, explica después ella, suavizando la expresión. Yo asiento. Ella sigue “es un cacho de nalga”. Yo me sonrío a medias. Ella adivina mi pensamiento “Sí, ya sé, tengo de donde”. Ahora me sonrío del todo. “Debo llevarlo al laboratorio”, insiste, y que quizá perdió la orden, que está muy confundida, se tomó unos tranquilizantes esa mañana... tal vez está en su bolso: “Me lo tenés un segundo, quiero mirar si...” ¿Qué? El cacho de nalga se acerca, veloz, a mi regazo, la mujer me lo pasa como si se tratase de una revista Avon: “...esta crema ablanda las cutículas”. Yo me echo hacia atrás, brusca, me levanto asustada. “Pero...”, la mujer empieza a hablar, pero la voz de la recepcionista se superpone “García Robayo Margarita”, dice por el micrófono. “Me llaman, lo siento”, le digo a la mujer, y alzo los hombros en señal de impotencia.