sábado, 27 de junio de 2009
Papás
Estaba cantado, el fin de semana me quedaría sola. Teo, de viaje; C y Z visitarían a sus papás, que no viven en Buenos Aires. Ninguno tenía muchas ganas de ir, pero tocaba. Los papás siempre dicen que esta fecha no les importa, pero ay de que uno los tome en serio. Sería la única vez que se ofendieran porque se los toma en serio. Son fechas pavas, pero sensibles. No es fácil no darles bola porque el mundo mediatizado –o el mundo, a secas– se empeña en recordártela. Total, que despedí a mis amigos enfundados en sus abrigos y con esa misma cara de hijo pródigo que aparece cuando, ya de grande, uno visita la casa paterna. Llevaban bolsas de regalos con opciones varias porque, con el tiempo, decía Z, a uno se le olvida qué es lo que les gusta, que es lo que no, si es que alguna vez lo supo. “Una vez le compré una pipa –me decía Z mientras esperábamos el micro–, y mi viejo no fuma hace treinta años” Pero que él igual la colgó en su estudio como si fuera una especie de premio para él y sus pulmones. Hace unos años que no tengo papá, pero las últimas veces que lo visité tuve también la sensación de que no lo conocía. O sí, pero como papá, que es lo mismo que decir que él me conocía a mí. Porque se supone que el trabajo de los papás es conocerte para decirte que es lo que debes hacer, qué es lo que no; para palmearte el hombro y mandarse frases como: “Pero claro que puedes ser astronauta, nena”. Y más allá de cuánto le pesa la mano o cómo le cambia la expresión de la cara según lo que vaya a decir, uno mucho no se entera de quién es el papá. No cuando ser hijo y ser padre ocurren bajo el mismo techo. Cuando uno se va de su casa, a veces, la cosa cambia; el papá se convierte en una persona a quien le gustan las camisetas dos tallas más chicas que la suya, por ejemplo, o que tiende a confundir el momento de la siesta con el de la sobremesa. Ya había tenido episodios de regalos fallidos con mi papá, el último fue un libro –edición de lujo–, sobre historia latinoamericana, que hojeó sin ganas para luego preguntarme: “¿Es verdad que Kirchner no es bizco, sino que se hace?” Esa vez, también, se sentó frente a mí con unas revistas en las que yo había escrito artículos y me dijo: “Si quieres míralas después, subrayé un par de cosas que me gustaron”. Y pasó el tiempo, me olvidé de las revistas y nunca miré lo que había subrayado hasta que él ya no estuvo. Como casi siempre, tardé mucho tiempo en entender que, quizá, no había regalo que pudiese satisfacerlo porque mi papá ya estaba satisfecho. El día que por fin miré las revistas, mis artículos, de principio a fin, estaban todos subrayados.