sábado 6 de junio de 2009
Sala de espera
La sala de espera del doctor no debería ser un lugar intimidante. Ya la situación de tener que ir al médico lo es. Nunca se va al médico por algo grato, el contexto de la consulta debería ser, entonces, más amable que los motivos para estar allí. “En esta sala de espera todo está mal”, le escribo un sms a Teo. Nunca escribo “esemeses”, pero estoy nerviosa y tengo que ocuparme en algo que no sea conversar con esa otra señora que espera, sobre la razón por la que tiene esas manchas oscuras en la piel; o asentir cada vez que pregunta si esa versión que suena de “Amanecer en los valles nevados” no es la más bella versión de todas. Teo no contesta, él detesta los “esemeses”. Traje un libro que ya no quiero leer y las revistas que hay en la mesita son deleznables. Son esas revistas que tienen en la tapa a gente escandalosamente bella, industrialmente bella, y la belleza en demasía me irrita. “No entiendo cuál es la gracia de las tetas gigantes”, le escribo a Teo, mientras miro en la tapa de “Gente” a una de estas rubias cuyos nombres se me confunden, juntándose los pechos con las manos. La sala de espera de un doctor tampoco debería tener como recepcionista a esa mujer mayor que siempre te reta por algo: “llegar muy temprano también es ser impuntual”, y esas cosas que dice. O como la semana pasada que llamé por mi dolor de mandíbula y le dije, sumisa y respetuosamente: “¿no habrá un turno antes?, es que es urgente” Y todo lo que me dijo fue: “andá a una guardia”, y colgó. Por eso terminé en esa guardia maloliente, acosada por un trozo de nalga en un frasco. Claro que no: una sala de espera no debería ser atendida por alguien que te empuja a ese tipo de situaciones. Pero hay más elementos que se suman a la sensación angustiante de la espera y de la dolencia física. Está esa luz blanca, el mobiliario oscuro, los cuadros bucólicos, el busto de algún griego, el pergamino del juramento hipocrático enmarcado, colgando en la pared. Está el sonido de las páginas de la revista que la recepcionista va pasando lentamente, como si tuviera toda la vida por delante: zaz, zaz, zaz. Está la puerta del consultorio que se abre para ver aparecer la cara del doctor, que me atraviesa con sus ojos hasta llegar a la otra paciente: “Pase”, le dice. Nunca a mí. Y está la señora dálmata que se para y arrastra sus pies rumbo a la puerta abierta: shhh, shhh, shhh. Y la puerta que se cierra: trac-trac. Y yo que me quedo aplastada en el sillón bordó, siguiendo con cuidado los ruidos menores pero amplificados, que suenan encima de la canción folclórica instrumental. Los arreglos del terror.